Contemplando la aparición de Dios en Su juicio y Su castigo
Como los otros cientos de millones que siguen al Señor Jesucristo, nosotros acatamos las leyes y los mandamientos de la Biblia, gozamos la abundante gracia del Señor Jesucristo y nos reunimos, oramos, alabamos y servimos en el nombre del Señor Jesucristo, y todo esto lo hacemos bajo el cuidado y la protección del Señor. Muchas veces somos débiles y otras tantas también somos fuertes. Creemos que todas nuestras acciones están en conformidad con las enseñanzas del Señor. Se sobreentiende, entonces, que también creemos que nos encontramos en la senda de seguir la voluntad del Padre que está en el cielo. Anhelamos el regreso del Señor Jesús, el descenso de Su gloria, el fin de nuestra vida en la tierra, la aparición del reino y todo tal como se predijo en el Libro del Apocalipsis: el Señor llega, Él trae las catástrofes, recompensa a los buenos y castiga a los malvados, y se lleva a todos los que lo siguen y acogen Su regreso para que se encuentren con Él en el aire. Cada vez que pensamos en esto, no podemos evitar que nos embargue la emoción, alegres por haber nacido en los últimos días y tener la buena fortuna de ser testigos del descenso del Señor. Aunque hemos sufrido persecución, hemos recibido a cambio “un peso de gloria que supera a todo y es eterno”. ¡Qué bendición! Todo este anhelo y la gracia que otorga el Señor constantemente nos hace más sobrios en la oración y nos vuelve más diligentes para reunirnos. Tal vez el año que entra, tal vez mañana y tal vez incluso en un lapso más corto del que puede concebir el hombre, el Señor descenderá de repente y aparecerá entre un grupo de personas que han estado esperándolo con ansiosa diligencia. Nos apresuramos para adelantarnos el uno al otro, nadie está dispuesto a quedarse atrás, todo con el fin de poder ser del primer grupo en contemplar la aparición del Señor, de estar entre aquellos que sean arrebatados. Lo hemos entregado todo, sin importar el costo, para la venida de este día. Algunos han renunciado a sus trabajos; otros han renunciado a sus familias; algunos han renunciado al matrimonio; y otros hasta han ofrendado todos sus ahorros. ¡Qué actos de dedicación tan desinteresados! ¡Semejante sinceridad y devoción sin duda superan la de los santos de eras pasadas! Ya que el Señor concede gracia a quien Él desea, y muestra misericordia a quien Él le place, nuestros actos de dedicación y nuestro esfuerzo, creemos, Sus ojos ya los han contemplado hace mucho. Así, también, nuestras sentidas oraciones han alcanzado Sus oídos, y confiamos en que el Señor nos recompensará por nuestra dedicación. Además, Dios había sido misericordioso para con nosotros antes de crear el mundo y nadie nos puede quitar Sus bendiciones y Sus promesas. Todos estamos planeando para el futuro y damos por sentado que nuestra dedicación y esfuerzo son moneda de cambio o capital que intercambiar para ser arrebatados para encontrarnos con el Señor en el aire. Es más, sin el menor titubeo, nos ubicamos en el trono del futuro, para presidir la miríada de naciones y pueblos o reinar como reyes. Todo esto lo damos por hecho, como algo que se espera.
Despreciamos a todos los que están en contra del Señor Jesús; todos se encontrarán con el desenlace de la aniquilación. ¿Quién les dijo que no creyeran que el Señor Jesús es el Salvador? Por supuesto, hay veces en que imitamos al Señor Jesús al mostrar misericordia hacia las personas del mundo, porque no entienden y es correcto que seamos tolerantes e indulgentes con ellas. Todo lo que hacemos está de acuerdo con las palabras de la Biblia, porque todo lo que no es conforme a la Biblia es heterodoxia y herejía. Este tipo de creencia está profundamente arraigada en la mente de cada uno de nosotros. Nuestro Señor está en la Biblia, y si no nos apartamos de ella no nos apartaremos del Señor; si acatamos este principio, obtendremos la salvación. Nos animamos entre nosotros, nos apoyamos mutuamente y, cada vez que nos reunimos, esperamos que todo lo que digamos y hagamos esté de acuerdo con las intenciones del Señor y sea aceptado por el Señor. A pesar de la terrible hostilidad de nuestro ambiente, nuestros corazones están llenos de deleite. Cuando pensamos en las bendiciones que están tan fácilmente a nuestro alcance, ¿hay algo de lo que no podamos desprendernos? ¿Hay algo de lo que seamos reacios a separarnos? Todo esto no hace falta ni decirlo, yace ante el escrutinio de los ojos de Dios. Nosotros, este puñado de necesitados que hemos sido levantados del muladar, somos como todos los seguidores ordinarios del Señor Jesús, soñamos con ser arrebatados, con ser bendecidos y con gobernar a la miríada de naciones. Nuestra corrupción se ha puesto al descubierto ante los ojos de Dios, y nuestros deseos y nuestra avaricia han sido condenados a ojos de Dios. Sin embargo, todo esto sucede con tal normalidad y lógica, que ninguno de nosotros nos preguntamos si nuestros anhelos son correctos y, menos aún, dudamos de la exactitud de todo a lo que nos aferramos. ¿Quién puede conocer las intenciones de Dios? Qué clase de senda recorre el hombre exactamente, no sabemos buscar o explorar, e investigar nos interesa menos aún. Porque solo nos interesa si podemos ser arrebatados, si podemos ser bendecidos, si hay un lugar para nosotros en el reino de los cielos y si vamos a tener una parte del agua del río de la vida y del fruto del árbol de la vida. ¿No creemos acaso en el Señor y nos convertimos en Sus seguidores en aras de ganar estas cosas? Nuestros pecados han sido perdonados, nos hemos arrepentido, hemos bebido de la amarga copa de vino y hemos puesto la cruz en nuestra espalda. ¿Quién puede decir que el Señor no aceptará el precio que hemos pagado? ¿Quién puede decir que no hemos preparado suficiente aceite? No deseamos ser esas vírgenes insensatas ni uno de los que son abandonados. Más aún, oramos constantemente, le pedimos al Señor que nos proteja de que los falsos cristos nos desorienten, porque está escrito en la Biblia: “Entonces si alguno os dice: ‘Mirad, aquí está el Cristo’, o ‘Allí está’, no le creáis. Porque se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y mostrarán grandes señales y prodigios, para así engañar, de ser posible, aun a los escogidos” (Mateo 24:23-24). Todos nos hemos aprendido estos versículos de la Biblia, nos los sabemos de memoria, y los vemos como un tesoro precioso, como vida, y como una carta de credenciales que decide si podemos ser salvados o arrebatados…
Durante miles de años, los vivos han muerto, llevándose con ellos sus anhelos y sus sueños, pero en cuanto a si se han ido al reino de los cielos, eso nadie lo sabe realmente. Los muertos vuelven, habiendo olvidado todas las historias que una vez ocurrieron y aún siguen las enseñanzas y las sendas de los antepasados. Y de esta manera, a medida que pasan los años y transcurren los días, nadie sabe si nuestro Señor Jesús, nuestro Dios, realmente acepta todo lo que hacemos. Lo único que hacemos es esperar ansiosos un desenlace y especular acerca de todo lo que sucederá. Sin embargo, Dios ha guardado Su silencio todo el tiempo, nunca se nos ha aparecido ni nos ha hablado. Y por tanto, siguiendo la Biblia y según las señales, juzgamos sin reservas las intenciones de Dios y Su carácter. Nos hemos acostumbrado al silencio de Dios; nos hemos acostumbrado a medir el bien y el mal de nuestros actos usando nuestra propia manera de pensar; nos hemos acostumbrado a confiar en nuestro conocimiento, nociones y ética moral en lugar de las demandas que nos hace Dios; nos hemos acostumbrado a gozar de la gracia de Dios; nos hemos acostumbrado a que nos ayude siempre que lo necesitemos; nos hemos acostumbrado a extenderle la mano a Dios para todas las cosas y a darle órdenes; también nos hemos acostumbrado a conformarnos a los preceptos, sin poner atención a cómo nos guía el Espíritu Santo; e incluso nos hemos acostumbrado a los días en que somos nuestro propio señor. Creemos en un Dios como este, a quien nunca hemos conocido cara a cara. Preguntas sobre cómo es Su carácter, lo que Él tiene y es, sobre cómo es Su imagen, si lo conoceremos o no cuando Él venga, etc., ninguna de ellas es importante. Lo importante es que Él está en nuestros corazones, que todos lo esperamos y es suficiente con que podamos imaginar que Él es así o asá. Valoramos nuestra fe y atesoramos nuestra espiritualidad. Vemos todo como estiércol y pisamos todas las cosas bajo nuestros pies. Como somos creyentes del glorioso Señor, no importa qué tan largo y penoso sea el viaje, no importa qué dificultades y peligros nos acontezcan, nada puede detener nuestros pasos mientras seguimos al Señor. “Un río puro de agua de vida, clara como el cristal, brotó del trono de Dios y del Cordero. A cada lado del río estaba el árbol de la vida que tenía 12 clases de frutos y que daba frutos cada mes, y las hojas del árbol eran para la sanación de las naciones. Y no habrá más maldiciones, pero el trono de Dios y del Cordero estará ahí y Sus siervos lo servirán; y ellos verán Su rostro; y Su nombre estará grabado en sus frentes. Y no habrá noche ahí; y no necesitarán velas, ni tampoco la luz del sol; porque el Señor Dios les da luz y ellos reinarán por siempre y para siempre” (Apocalipsis 22:1-5).* Cada vez que cantamos estas palabras, nuestros corazones rebosan de un gozo y satisfacción sin límites, y las lágrimas corren por nuestros ojos. Demos gracias al Señor por escogernos, demos gracias al Señor por Su gracia. Hemos recibido de Él el céntuplo en esta vida y la vida eterna en el mundo venidero. Si Él nos pidiera morir hoy, lo haríamos sin la menor queja. ¡Señor! ¡Por favor, ven pronto! Considerando lo desesperadamente que te anhelamos y que hemos renunciado a todo por Ti, no tardes ni un minuto ni un segundo más.
Dios guarda silencio y nunca se nos ha aparecido, sin embargo, Su obra nunca se ha detenido. Él escruta toda la tierra y gobierna sobre todas las cosas y contempla todas las palabras, acciones y movimientos del hombre. Conduce Su gestión con un plan y por pasos, silenciosamente y sin sacudir los cielos y la tierra, pero Sus pasos avanzan, uno tras otro, cada vez más cerca de la humanidad, y Su tribunal se despliega en el universo a la velocidad del rayo, tras lo cual Su trono desciende inmediatamente entre nosotros. ¡Qué escena tan majestuosa es esta; qué cuadro tan imponente y solemne! Como una paloma, como un león rugiente, el Espíritu viene entre nuestras multitudes. Es sabiduría, es justicia y majestad, y Él desciende entre nosotros en silencio, ejerciendo autoridad y lleno de bondad y misericordia. Nadie es consciente de Su llegada ni la acoge e, incluso más, nadie sabe todo lo que Él está a punto de hacer. La vida del hombre sigue sin cambios; su corazón no es diferente y los días transcurren como siempre. Dios vive entre nosotros, como una persona corriente, como uno de los seguidores más insignificantes y un creyente corriente. Él tiene Sus propias búsquedas, Sus propias metas e, incluso más, tiene una divinidad que las personas corrientes no poseen. Nadie se ha dado cuenta de la existencia de Su divinidad, ni nadie ha percibido la diferencia entre Su esencia y la del hombre. Vivimos junto con Él, sin restricciones y sin temor, porque a nuestros ojos no es más que un creyente insignificante. Él observa todos nuestros movimientos, y todos nuestros pensamientos e ideas están expuestos ante Él. A nadie le interesa Su existencia; nadie se imagina nada sobre la función que Él desempeña e, incluso más, nadie tiene la menor sospecha sobre Su identidad. Lo único que hacemos es continuar con nuestras búsquedas como si Él no tuviera nada que ver con nosotros…
Por casualidad, el Espíritu Santo expresa un pasaje de palabras “por medio” de Él, y aunque parezca muy inesperado, sin embargo, creemos firmemente que es una declaración de Dios y de buena gana lo aceptamos de parte de Dios. Esto es porque, independientemente de quién exprese estas palabras, siempre que vengan del Espíritu Santo las debemos aceptar y no las podemos negar. La siguiente declaración podría venir a través de mí, o a través de ti o de alguien más. Quienquiera que sea, todo es la gracia de Dios. Sin embargo, no importa quién sea, no podemos adorar a esta persona porque, en cualquier caso, esta persona no puede ser Dios ni por ningún motivo escogeríamos a una persona ordinaria como esa para que fuera nuestro Dios. Nuestro Dios es muy grande y honorable; ¿cómo alguien tan insignificante podría ocupar Su lugar? Es más, estamos deseando que venga Dios y nos lleve de regreso al reino de los cielos, entonces, ¿cómo podría alguien tan insignificante ser apto para una tarea tan importante y ardua? Si el Señor viene otra vez, debe ser en una nube blanca para que lo vean la miríada de personas. ¡Qué glorioso será eso! ¿Cómo es posible que Él pueda esconderse subrepticiamente entre un grupo de personas corrientes?
Y pese a ello, es esta persona ordinaria, escondida entre la gente, la que está haciendo la nueva obra de salvarnos. Él no nos ofrece explicaciones, ni nos dice por qué ha venido, sino que simplemente hace la obra que tiene la intención de hacer de acuerdo con Su plan y Su procedimiento. Sus palabras y declaraciones cada vez se hacen más frecuentes. De consolar, exhortar, recordar y advertir a reprochar y disciplinar; de un tono gentil y amable, a palabras que son feroces y majestuosas; todo hace que el hombre sienta gran misericordia y terror absoluto. Todo lo que dice da de lleno en los secretos que están profundamente escondidos dentro de nosotros; Sus palabras lastiman nuestros corazones, nuestros espíritus, y nos dejan llenos de una vergüenza insoportable, apenas sabiendo dónde escondernos. Comenzamos a tener dudas respecto a si el Dios que está en el corazón de esta persona realmente nos ama, y qué es exactamente lo que pretende. ¿Será que solo podremos ser arrebatados después de soportar tales sufrimientos? En nuestra mente estamos calculando… acerca del destino que está por venir y acerca de nuestra suerte futura. Aun así, tal como antes, ninguno de nosotros cree que Dios se haya hecho carne para obrar entre nosotros. Aunque nos ha acompañado mucho tiempo, aunque ya ha hablado muchas palabras cara a cara con nosotros, todavía no estamos dispuestos a aceptar a una persona tan común como el Dios de nuestro futuro, y mucho menos estamos dispuestos a confiarle el control de nuestro futuro y suerte a esta persona insignificante. De Él disfrutamos una provisión sin fin de agua viva, y a través de Él vivimos una vida del hombre y Dios estando cara a cara. Pero solo estamos agradecidos por la gracia del Señor Jesús que está en el cielo y nunca hemos puesto atención a los sentimientos de esta persona ordinaria que posee la divinidad. Sin embargo, como antes, Él hace Su obra escondido humildemente en la carne, expresando la voz de Su corazón, como si fuera insensible al rechazo de la especie humana, como si perdonara eternamente la inmadurez del hombre y su ignorancia, y fuera siempre tolerante con la irreverente actitud del hombre hacia Él.
Sin que nosotros lo sepamos, este hombre insignificante nos ha guiado a un paso tras otro de la obra de Dios. Sufrimos un sinnúmero de pruebas e innumerables reprensiones y somos probados por la muerte. Aprendemos del carácter justo y majestuoso de Dios; también disfrutamos de Su bondad y misericordia, así como llegamos a apreciar el gran poder y la sabiduría de Dios; somos testigos de la hermosura de Dios y contemplamos la intención ansiosa de Dios de salvar al hombre. En las palabras de esta persona ordinaria, llegamos a conocer el carácter y la esencia de Dios, a entender las intenciones de Dios, a conocer la esencia-naturaleza del hombre y a ver la senda de salvación y perfección. Sus palabras nos hacen “morir” y nos hacen “volver a nacer”; Sus palabras nos dan consuelo, pero también nos atormentan con la culpa y un sentimiento de deuda; Sus palabras nos dan alegría y paz, pero también nos causan infinito dolor. A veces somos como corderos en Sus manos, para ser sacrificados según Su voluntad; a veces somos como la niña de Sus ojos y gozamos de Su tierno amor; a veces somos como Sus enemigos, y ante Su mirada nos convertimos en ceniza por Su ira. Somos la raza humana a la que Él salvó; somos gusanos a Sus ojos, y somos las ovejas perdidas que noche y día se empeña en encontrar. Él es misericordioso con nosotros, nos detesta, nos levanta, nos consuela y nos exhorta, nos guía, nos esclarece, nos escarmienta y nos disciplina, y hasta nos maldice. Noche y día, nunca deja de preocuparse por nosotros y de protegernos y cuidarnos; nunca se aparta de nuestro lado. Derrama toda la sangre de Su corazón y paga todo el precio por nosotros. Dentro de las palabras de esta carne insignificante y corriente, hemos gozado de la totalidad de Dios y contemplado el destino que Dios nos ha concedido. No obstante, la vanidad todavía crea problemas en nuestro corazón y todavía seguimos sin estar dispuestos a aceptar activamente a una persona así como nuestro Dios. Aunque nos ha dado tanto maná, tanto para disfrutar, nada de esto puede ocupar el lugar del Señor en nuestro corazón. Honramos la identidad y el estatus especiales de esta persona solo con gran renuencia. Mientras Él no abra la boca para pedirnos que reconozcamos que es Dios, nunca reconoceremos por nuestra propia iniciativa que Él es el Dios que pronto llegará y que, sin embargo, lleva mucho tiempo obrando entre nosotros.
Dios continúa con Sus declaraciones, y Él emplea diversos métodos y muchas perspectivas para advertirnos sobre qué debemos hacer, mientras que al mismo tiempo expresa la voz de Su corazón. Sus palabras llevan el poder de la vida, nos proveen del camino que debemos seguir y nos permiten comprender qué es exactamente la verdad. Nos empiezan a atraer Sus palabras, comenzamos a prestar atención al tono y la manera en la que habla, y subconscientemente comenzamos a tomar nota de la voz del corazón de esta persona desapercibida. Él se desvive de todo corazón por nosotros, pierde el sueño y el apetito por nosotros, llora por nosotros, suspira por nosotros y gime en la enfermedad por nosotros; padece humillación por el bien de nuestro destino y salvación; y nuestra insensibilidad y rebeldía provocan lágrimas y sangre en Su corazón. Ninguna persona corriente tiene este ser y estas posesiones, y ningún ser humano corrupto los puede tener ni conseguir. Tiene una tolerancia y paciencia que no posee ninguna persona ordinaria, y Su amor no es algo que tenga ningún ser creado. Nadie excepto Él puede saber todos nuestros pensamientos, conocer nuestra naturaleza y esencia como la palma de su mano, juzgar la rebeldía y corrupción de la especie humana o hablarnos y obrar en nosotros así en nombre del Dios del cielo. Nadie aparte de Él posee la autoridad, la sabiduría y la dignidad de Dios; el carácter de Dios y Sus posesiones y Su ser se expresan en su totalidad en Él. Nadie salvo Él nos puede mostrar el camino y traernos la luz. Nadie salvo Él puede desvelar los misterios que Dios no ha dado a conocer desde la creación hasta el día de hoy. Nadie salvo Él nos puede salvar de la esclavitud de Satanás y de nuestro carácter corrupto. Él representa a Dios; expresa la voz del corazón de Dios, las exhortaciones de Dios y Sus palabras de juicio hacia toda la especie humana. Él ha abierto una nueva época, una nueva era, ha iniciado un nuevo cielo y una nueva tierra, una nueva obra, nos ha traído esperanza y ha puesto fin a la vida que llevábamos en un estado vago, así como ha permitido a todo nuestro ser contemplar completamente la senda a la salvación. Él ha conquistado todo nuestro ser y ha ganado nuestro corazón. Desde ese momento en adelante, nuestro corazón ha tomado conciencia y nuestro espíritu parece haber sido revivido: esta persona común e insignificante, esta persona que vive entre nosotros y a la que hemos rechazado desde hace tanto tiempo, ¿no es este el Señor Jesús, que siempre está en nuestros pensamientos, despiertos o soñando, y a quien anhelamos noche y día? ¡Es Él! ¡Realmente es Él! ¡Él es nuestro Dios! ¡Él es la verdad, el camino y la vida! Él nos ha permitido vivir otra vez y ver la luz, y ha evitado que nuestro corazón se encuentre a la deriva. Hemos regresado a la casa de Dios, hemos regresado ante Su trono, estamos cara a cara con Él, hemos sido testigos de Su rostro, y hemos visto el camino que está por delante. En ese momento, Él ha conquistado nuestros corazones por completo; ya no dudamos de quién es Él, ni sentimos resistencia a Su obra y Su palabra y nos postramos completamente ante Él. No queremos otra cosa que seguir las huellas de Dios por el resto de nuestras vidas y ser hechos perfectos por Él, recompensarle por Su gracia, así como recompensar Su amor por nosotros, someternos a Sus instrumentaciones y disposiciones, cooperar con Su obra y hacer todo lo que podamos para completar lo que Él nos encomiende.
Ser conquistado por Dios es como una lucha de artes marciales.
Cada una de las palabras de Dios golpea nuestros puntos mortales y nos deja heridos e inspira temor en nosotros. Él deja en evidencia nuestras nociones, nuestras imaginaciones y nuestras actitudes corruptas. Desde cada palabra y acción, cada uno de nuestros movimientos, hasta cada uno de nuestros pensamientos e ideas, nuestra esencia-naturaleza se revela en Sus palabras, lo que nos coloca en un estado de miedo y temblor sin tener donde esconder nuestra vergüenza. Uno a uno, nos dice sobre todas nuestras acciones, nuestras metas e intenciones, hasta las actitudes corruptas que nosotros mismos nunca hemos descubierto, haciéndonos sentir expuestos en toda nuestra miserable imperfección e incluso completamente convencidos. Nos juzga por oponernos a Él, nos castiga porque blasfemamos y lo condenamos, nos hace sentir que a Sus ojos no tenemos ni una sola cualidad positiva y que somos satanases vivientes. Nuestras esperanzas se truncan; ya no nos atrevemos a hacerle ninguna demanda excesiva ni a albergar ningún designio sobre Él, y hasta nuestros sueños se desvanecen de la noche a la mañana. Este es un hecho que ninguno de nosotros se puede imaginar y que ninguno de nosotros puede aceptar. Por espacio de un momento, perdemos nuestro equilibrio interno y no sabemos cómo continuar en el camino que está por delante, ni cómo continuar en nuestras creencias. Parece como si nuestra fe volviera a empezar desde cero, y como si nunca hubiéramos conocido al Señor Jesús ni nos hubiéramos familiarizado con Él. Todo lo que está delante de nuestros ojos nos llena de perplejidad y nos hace vacilar indecisos. Estamos consternados, estamos desilusionados, y en lo profundo de nuestro corazón hay una ira y una vergüenza irreprimibles. Tratamos de desahogarnos, de encontrar una salida y, es más, tratamos de seguir esperando a nuestro Salvador Jesús, para poder derramar nuestro corazón ante Él. Aunque hay veces en las que desde fuera no parecemos altivos ni humildes, en nuestro corazón tenemos una sensación de pérdida que nunca hemos sentido antes. Aunque a veces parezcamos inusualmente calmados por fuera, nuestra mente se agita con tormento como un mar tempestuoso. Su juicio y Su castigo nos han despojado de todas nuestras esperanzas y sueños, poniendo fin a nuestros deseos extravagantes, y dejándonos reacios a creer que Él es nuestro Salvador y es capaz de salvarnos. Su juicio y Su castigo han abierto un abismo entre nosotros y Él, tan profundo que nadie siquiera está dispuesto a cruzarlo. Su juicio y Su castigo es la primera vez que hemos sufrido un revés tan grande y una humillación tan grande en nuestra vida. Su juicio y Su castigo han hecho que sintamos verdaderamente el honor de Dios y Su intolerancia ante la ofensa del hombre; en comparación, somos sumamente vulgares y sumamente inmundos. Su juicio y Su castigo nos han hecho ser conscientes por primera vez de nuestra arrogancia y vanidad, y de cómo el hombre nunca será igual a Dios ni comparable a Él. Su juicio y Su castigo nos han hecho anhelar dejar de vivir en semejantes actitudes corruptas, deshacernos de esta esencia-naturaleza tan pronto como sea posible, y dejar de ser aborrecidos por Él y de resultarle repugnantes. Su juicio y Su castigo nos han dispuesto a someternos y obedecer Sus palabras, dejar de rebelarnos contra Sus orquestaciones y disposiciones. Su juicio y Su castigo nos han dado una vez más el deseo de sobrevivir, y nos han hecho sentir felices de aceptarlo como nuestro Salvador… Hemos salido de la obra de conquista, del infierno, del valle de sombra de muerte… ¡Dios Todopoderoso nos ha ganado, a este grupo de personas! ¡Ha triunfado sobre Satanás y ha derrotado a las multitudes de Sus enemigos!
Somos simplemente un grupo muy ordinario de personas, que poseen actitudes satánicas corruptas; somos los predestinados por Dios antes de las eras y los necesitados a quienes Dios ha levantado del muladar. Una vez rechazamos y condenamos a Dios, pero ahora Él nos ha conquistado. Hemos recibido de Dios la vida y el camino de la vida eterna. Dondequiera que estemos en la tierra, sean cuales sean las persecuciones y tribulaciones que soportemos, no podemos alejarnos de la salvación de Dios Todopoderoso. ¡Porque Él es nuestro Creador y nuestra única redención!
El amor de Dios se extiende como el agua de un manantial y se te da a ti, a mí y a otros, así como a todos los que sinceramente buscan la verdad y esperan la aparición de Dios.
Así como el sol y la luna se turnan para salir, la obra de Dios nunca cesa, y se lleva a cabo en ti, en mí, en otros y en todos los que mantienen el paso de las huellas de Dios y aceptan Su juicio y castigo.
23 de marzo de 2010